Tres historias unidas por puntos suspensivos

Me encanta contar historias pequeñas como las que he escrito esta semana para Las Noticias de Cuenca. Son apenas unos breves sin aparente mayor trascendencia. Frases cortas. Historias sencillas… aparentemente. Me gusta dejar piedrecitas en el camino para que el lector pueda fluir por el texto sin encontrar ninguna complicación en la estructura ni en el vocabulario. Soltar el cebo como si fuera una gominola sencilla de comer pero que impregne de sabor y sentido el paladar.

En estas pequeñas historias nos encontramos con Martina, que vive y dibuja el Casco Antiguo de Cuenca, la de Juan Carlos que envasa sardinas de Santoña en un pueblito de Toledo o la de Raúl Torres que sigue mirando su Cuenca a través de los ojos de la cafetería Ruiz. Aparentemente son tres historias desconectadas que no tienen nada en común y no dejan de ser esos personajes que ya sólo tienen hueco en la prensa local empeñada en seguir mirando a los ojos a la gente.

Pero si ponemos las tres en fila nos quedan tres relatos de resistencia. La de los habitantes del Casco Antiguo que, a pesar de todo, todavía encuentran más de bueno que de malo en vivir en esa Cuenca que hemos dejado abandonada a los turistas.

La de ese emprendedor rural que va a Santander, a Galicia o a donde sea para mantenerse aferrados a su tierra pero que, a pesar de lograr sobrevivir, no puede evitar la tristeza de recordar a su hijo emigrado. O la de la inútil e imprescindible resistencia al tiempo en la que inevitablemente acabaremos si tenemos suerte de sobrevivir a nuestros contemporáneos. Entonces, miraremos al presente, pero ya sólo veremos el pasado.

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